Por: Pedro Muhr (@PedroMuhr)

Las sílabas maternales tienen una rítmica que escarmena el aire antes de entrar en el oído.
La niña tiene los calzones a media rodilla, no sé si se hizo o ya estaba hecha y no la habían limpiado. A la madre le importa más que yo me vaya, que no las mire. Simplemente me quedo rondando la escena, como esperando la única micro que me sirve.
Tal como empezó, la niña deja de llorar. Ahora su cara se endurece hasta lograr una falta total de expresión, eso me vence y no puedo entrar en sus ojos. Es muy extraño que siendo tan pequeña logre ocultarse con tal maestría dentro de su cuerpo. Nada en ella es espontáneo. Todo es estudiado y tenso. Su madre extiende sobre el suelo un mantel plástico y ordena sobre él una amplia colección con todo tipo de discos pirateados. Esa es mi entrada, me acerco y le pregunto si tiene algo clásico, ella me muestra los grandes éxitos de Luis Miguel, lo compro y pregunto por los demás fingiendo tremendo interés. La niña me mira, está recostada en una cama de espuma recogida de la basura que tiene un nombre de mascota bordado al pie. Una vez más no puedo entrar en sus ojos. El tiempo es demasiado breve y su dolor parece haber echado firmes raíces entre los huesos de sus caderas.
Deja de mirarme, fija su vista un poco más lejos y su cara se descompone, aprieta visiblemente las piernas poniendo ambas manos entremedio. Ahora sí veo en sus ojos la clara imagen de una catástrofe que se aproxima sin remedio.
Papi saluda. Ellas se contraen como anémonas. La niña parpadea y se aleja arrastrando su espuma, sin hacer ruido y con la vista siempre al frente. La madre está tan nerviosa que pisa una carátula de Nino Bravo y la hace mil pedazos.
“¿Está bien atendido, papá?”. “Sí, ya compré, ¿tiene cistitis la niña?”. “¿Qué niña?, ¿qué te pasa? ¿Qué tenis con la niña?”
Viene la micro, pero me voy a ir a pie.