Por Pedro Muhr (@PedroMuhr)

Suena la sirena en la obra, es hora de almorzar. En un mar de tallas y gritos de alivio los obreros se disponen a comer su merienda. Uno de ellos se sienta más alejado de los demás, tiene pelo cano y largo. Acerca unas cajas a modo de mesa y come su plato casero con mucha delicadeza y buenos modales. A su mano derecha le faltan 3 dedos, solo tiene el pulgar y el índice que ocupa igual que una pinza. Todos, en secreto, le llaman “Cangrejo”. Frente al edificio en construcción hay una casa antigua, descascarada y en proceso de expropiación. En ella vive un niño de 13 años que tiene las dos cosas que al Cangrejo le importan más que nada en el mundo; 10 dedos y oído musical absoluto. El Cangrejo está obsesionado con verlo de cerca, tanto así que se las arregla para conocer a la mamá del niño, no le dice que es obrero, llega a la entrada de la casa, ve la puerta entreabierta y un comedor con un piano café. Se dispone a entrar cuando es sorprendido por el ladrido de un enorme Rotweiler. Se lanza a correr cuadras y cuadras, y mientras lo hace, recuerda su pasado de promesa musical y el enorme perro de su padre cagando sus tres dedos sobre los ladrillos del antejardín.