Por: Cami Långstrump (@SerafinaMarina)

Crecí con las melodías alegres y melancólicas de Violeta resonando por la casa. Crecí cantándolas sin saber lo que significaban, pero me hacía gracia cantar y bailar mientras tarareaba: “Los amores del sacristán son dulces como la miel”. Mi padre nunca fue un prodigio de la guitarra o el canto, pero ponía tanta pasión en la tarea, que desde pequeña recuerdo cómo mi pecho se inflaba cada vez que era su turno para tocar en alguna junta familiar. Mucho de mi amor por la música se lo debo a él.
Ya en la adolescencia, cuando comprendí las letras de la Violeta, pude identificarme con esa imagen desgarradora del amor cuando tuve mis primeros amores. Pude hacer mías sus canciones y en mi mente, “infantil” aún, pensar que el amor era una porquería y que las heridas que este me iba dejando no iban a curarse jamás. Maldije una y mil veces junto a “Maldigo del alto cielo”.
El 2010 entré a estudiar Literatura y Lingüística. En uno de mis ramos tenía que escribir un ensayo sobre algún tema que me gustase. Hice un pésimo trabajo sobre los motivos del suicidio de Violeta Parra. En serio, en la tarde lo busqué y lo leí antes de escribir esto; espero que nunca nadie vuelva a leer ese ensayo, aunque admito que junto al pudor sentí ternura por mi yo de 19 años.
Como fiel admiradora del trabajo de los hermanos Ibarra Roa, el año pasado quise ser parte de la obra que impulsaron a raíz del cumpleaños número cien de Violeta. Audicioné junto a muchas mujeres que constituirían los coros ciudadanos de “Violeta Ciudadana”. Canté “La jardinera”. No tuve éxito, pero me alegró ser parte, mínimamente, de lo que se estaba creando en torno al nacimiento de Violeta. Porque sí, el 2017 estuvo colmado de creaciones inspiradas en la cantautora.
Ayer, 5 de febrero, se cumplieron 51 años de la muerte de Violeta Parra. Escribo esto desde mis marcas más personales, quizá para ejemplificar cómo Violeta ha trascendido en mi generación, en la de mi padre; y por qué no, en la de adolescentes y niñxs de hoy y lxs que vendrán.
Por allá en el 2010, yo abordaba mi ensayo a partir del siguiente cuestionamiento: “¿Cómo una mujer que escribe una canción agradeciéndole a la vida termina suicidándose?” No existen las preguntas tontas, pero sé que hoy no me plantearía el suicidio de Violeta de la misma manera ni intentaría elucubrar teorías de cuánto tuvo que haber sufrido por amor para terminar matándose. Con esto quiero llegar a la única conclusión (única porque es personal), de que todos morimos un poco cada día. Tengo la idea de que la lucidez nos mantiene vivos, pero también nos hiere profundamente a diario, ¿cómo no ir muriendo en un mundo en donde la injusticia es la normalidad y lo justo es un invento de la literatura? ¿Cómo sobrevivimos a la violencia? ¿A los abusos? ¿A la desigualdad? ¿Cómo sobreviviremos a un Presidente que encarna todo esto, como si de personificar al horror en una película de terror mediocre se tratara?
Luego de algunos intentos fallidos de suicidio, Violeta vuelve a la tierra el día 5 de febrero de 1967, cuando decide darse un certero disparo en la sien mientras se encontraba en su carpa en la Reina. “Viola chilensis”, “Viola volcánica”, “Ave del paraíso terrenal” o “Violeta de los Andes” según Nicanor Parra; “Santa Violeta” o “Ciruela Salvaje” según Pablo Neruda; que los disparos de la Carpa de la Reina resuenen en nuestras mentes y nos impulsen a luchar con fuerza por aquello que nos hará libres. Gracias por tanto, Viola querida.