Por Pedro Muhr (@PedroMuhr)

De vez en cuando abre los ojos desde su pequeña caverna triangular de yeso y pasta muro. Vino su hermana a prender una vela en una botella de plástico cortada a la mitad. Es la palmatoria más triste que ha visto, las otras se las roban. Puede ver sus brillantes chalas chinas sin taco, sus manos prendiendo un fósforo y luego un jarrito de agua que llena un florero con dedales de oro cortados una cuadra más arriba. No alcanzan a pasar cinco minutos desde que se fue y aparece el maldito quiltro. No es que le moleste que todos los días se tome el agua de sus dedales de oro, es la envidia de verlo cruzar la carretera con tanta maestría.