Por: Cami Långstrump (@SerafinaMarina)

El ocho de febrero del 2012 yo estaba en Talca. Estaba pasando las últimas semanas del verano con mi familia antes de volver a Santiago. Me acuerdo bien de ese día. Sabíamos que Spinetta tenía cáncer. Sabíamos que Spinetta irremediablemente iba a morir. Pero no quisimos creerlo. Quizá, de alguna manera, pensamos a un Spinetta tan luminoso que podría vencer el cáncer y lo que se le pusiera por delante. Pensamos que Spinetta no moriría porque no queríamos que muriera; tantas veces nos han dicho que si queremos mucho algo eso se cumple, es mentira.
La noche del ocho de febrero estaba recostada cuando supe que el flaco ya no era parte de este plano de la existencia, recuerdo que llegó una tía a la casa y mi mamá me fue a buscar al dormitorio para que saliera a saludar. Le dije que no quería, le dije que Spinetta había muerto. En la casa siempre me han encontrado cuática y esta vez no fue la excepción.
El 11 de diciembre del 2010 escuché a Spinetta en vivo, por primera y última vez, en el festival El abrazo. Músicos chilenos y argentinos compartían escenario. Escuchar “Durazno sangrando” de la voz del flaco ha sido una de las experiencias más bonitas que he vivido. Recuerdo que a mi lado había una niña que me comentó algo como: “Jamás pensé que escucharía esta hueá en vivo”: mis ojos vidriosos se encontraron con los de ella y le dije que yo tampoco. Ese día fue increíble y lo recordé cuando el flaco murió.
Dediqué algunas canciones de Spinetta, después crecí y ya no las dedicaba, pero escuchaba canciones del flaco y pensaba en esa persona que me revolvía el cuerpo entero. Una vez estaba con un tipo que me gustaba mucho y puse “Dale luz al instante”, le dije: “A veces cuando escucho esta canción pienso en ti” y seguí cantándola; no sé si no me tomó en cuenta o realmente no me escuchó, pero al rato me dijo: “¿Podís cambiar esa hueá?”. Y cuento esto solo porque yo les diría, como consejo totalmente comprobado: Nunca confíen en nadie que no le guste Spinetta.
Luis Alberto Spinetta, el de las bandas Almendra (1967) y Pescado Rabioso (1971), el que con solo 15 años compuso dos de sus canciones más icónicas: “Plegaria para un niño dormido” y “Barro tal vez”. El que tras la disolución de Pescado Rabioso pero bajo el nombre del mismo, en el año 1973 nos regala el álbum “Artaud”, inspirado en la obra del francés Antonin Artaud y considerado por muchos como el mejor álbum del artista y del rock latinoamericano. ¿Les conté también que la tapa del álbum “Almendra” la dibujó el mismísimo Spinetta?
Hace seis años que Spinetta volvió a la tierra, pero el flaco es eterno. Hay que escucharlo, leerlo, sentirlo en la piel y sobre todo compartirlo, para que esto no acabe nunca, para que este amor que nos une en torno a su música sea nuestro refugio.