Por Pedro Muhr (@PedroMuhr)

Él quería que todos fueran invencibles, que las familias fueran invencibles, que su abuelo muerto fuera invencible donde quiera que estuviese, que su casa agrietada por el terremoto también lo fuera. Que los pasos arrastrados de su madre depresiva fueran levantados por una fuerza invencible, que su padre fuera invencible en el lugar desconocido en que habitara, con su rostro desconocido e invencible. Que el árbol que crece sobre la tumba del perro que duró apenas unos meses, y murió de distemper, también tuviera brotes invencibles. Que el negocio donde compraba guagüitas de sustancia hubiera sido invencible al supermercado donde nadie lo conoce y lo saluda. Eso respondió cuando su madre le preguntó, como por obligación, mientras daba una chupada a su cigarro empapado de rouge y miraba por la ventana. Voy a ser invencible.