Por: @Galolivares

Hacia el año 1983 nace, en el seno de la Pontificia Universidad Católica y bajo el alero de Jaime Guzmán, el partido Unión Demócrata Independiente, la UDI.

En principio, y siempre bajo la guía de Guzmán, un novel e idealista Pablo Longueira bajaba a las poblaciones a trabajar, paradojalmente, por una base social. El aparente contrasentido está dado porque el régimen militar por un lado secuestraba, torturaba y desaparecía a los chilenos más pobres y por otro hacía este trabajo de base, con los mismos pobres, con el fin de consolidar una base partidaria centrada en el mundo popular. Decimos “aparente contrasentido” porque este movimiento de matanza por un lado y pago de cuentas y coimas por el otro, no era sino una estrategia para “limpiar ideológicamente” a los sustratos sociales de menores recursos. No solo eso, a comienzos del 2000, las proclives mentes de la UDI, encabezadas esta vez por un ya experimentado Pablo Longueira, inscriben como marca registrada el nombre UDIPopular, aludiendo precisamente a este trabajo de base y ufanándose al mismo tiempo de ser el partido más grande de Chile. El carácter asistencialista y paternalista se dejó sentir desde un principio. Ante la proximidad de elecciones, el comando “popular” iniciaba sus campañas con pagos de cuentas de insumos básicos, canastas familiares y el consabido acarreo. El fin último no era otra cosa que el establecimiento de un status quo siguiendo una de las directrices más famosas de su fundador. El espíritu con el que se mueve la Udi Popular, el sustrato desde el que nace el modo de ser y hacer de la UDI se condensa aquí:

“La Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque –valga la metáfora- el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario”.

Para tomar una verdadera perspectiva sobre frente a qué estamos, debemos detenernos en la figura y la historia de Jaime Guzmán. La analogía con el fútbol no es gratuita, Jaime amaba el fútbol, pero como era enclenque y miope, sabía que no podía competir en igualdad de condiciones con sus compañeros. Como siempre, en un movimiento que se repite en su biografía, supo encontrar la salida para participar del juego a pesar de sus evidentes limitaciones. Es más, encontró la horma precisa para conjugar no solo su pasión por el fútbol sino también su lado autoritario, su lado siempre hiperventilado de admiración por el autoritarismo en su estado más brutal, su franquismo devenido posteriormente en un irrestricto apoyo inicial a la dictadura de Augusto Pinochet.

Jaime se transformó en árbitro de fútbol. Era lógico, el incipiente y genial hombre de leyes, amante de las reglas sin excepciones, conservador hasta el tuétano, era quien dictaba las reglas para 22 hombres corriendo y sudando en pos del triunfo. La coherencia vida-idea-obra en Guzmán es innegable. Del control en las canchas de fútbol amateur Guzmán salta al control de las elecciones y de la democracia misma. Un ejemplo claro se da cuando Guzmán compitió por la senaturía de Santiago Oriente con Ricardo Lagos y su dedo levantado contra Pinochet. Jaime, sabiéndose perdido, creó el sistema binominal que, sintetizando al máximo, terminó dándolo por ganador con 250.000.- votos siendo que por su principal contendor votaron 500.000.- personas.

Así, y prácticamente desde su fundación, la trampa solapada, la argucia transformada en ley, el control, la sujeción social a partir de la ley es, en definitiva, el espíritu del partido político más grande de Chile. Esa misma trampa fue la que posibilitó la victoria y permanencia en las cámaras de diputados y senadores gremialistas con porcentajes iguales o inferiores a un 10% de las votaciones populares.

Entendamos, finalmente, que La UDI popular –en otro movimiento que se repite una y otra vez a lo largo de su historia- es la primera en darle la espalda al mundo popular al permanecer legislando sin una verdadera representación específicamente popular. La guinda de la torta es la constatación de que a pesar del nombre, la UDI trabaja para el empresariado.

Los nexos entre la cúpula del partido y el empresariado comenzaron a evidenciarse desde el destape de las boletas como financiamiento irregular, así como por los correos electrónicos que daban cuenta de la redacción de las leyes por parte del empresario y no del legislador. Concluyamos por ahora, constatando que este partido popular, el más grande de Chile, no ha enviado ni un proyecto de ley –ni uno solo en toda su larga historia- que haya favorecido en algo a ese mundo popular que dice representar. El modus operandi del partido ha tenido visos de asociación ilícita desde el principio, siendo la manipulación y la tergiversación de la información su estrategia caraterística.