Por ChrisChile

Lo recuerdo siempre sonriente y con una risa contagiosa, bueno para la talla y, sobre todo, porque tenía una tarjeta que como inspector laboral, nos permitía entrar al cine de manera gratuita los domingos, en aquellos años de mi infancia ya tan lejanos. Era uno de los hermanos mayores de mi papá y fue muy conocido en su juventud, primero en el ambiente del box amateur (se retiró porque mi abuela no soportaba verlo llegar machucado a la casa) y después futbolístico amateur de Antofagasta. Le decían “Chacarita”, por el equipo de fútbol en que alguna vez jugó junto a mi papá y que después dirigió en la división infantil del aquel recordado club de barrio.

Pero hoy viene a mi memoria por un detalle que para nadie era importante en aquel tiempo, y este era su color de piel. Mi abuelo era de origen carioca, y aunque él  y todos los hijos que tuvo (incluido mi taita) eran de piel blanca, fue el único que salió “mulato” y con su color de piel oscura y pelo rizado, pero sin el rostro característico del “zambo” como llamaban en aquellos tiempos a la gente de piel negra, según me contó mi abuela alguna vez. Nunca noté que alguien lo mirara feo o le pusieran algún sobrenombre más allá de decirle “Negro Lucho”, algo coloquial en aquellos años y sobre todo acá en el norte, en donde la tez blanca era algo escaso y principalmente atribuido a familias con descendientes eslavos o venidos (enganchados) desde el sur de Chile en la década del salitre.

¿Tanto ha cambiado nuestro país que se olvidó que nuestro mestizaje está presente en casi toda línea familiar? Siento informarte que por mucho que tengas algún mechón rubio u ojos claros, es muy probable que alguna de las ramas de tu árbol genealógico sea más oscura que el resto. Sorprende que, sobre todo acá en el norte, exista una aversión a la gente de piel obscura, primero reflejada en peruanos y bolivianos, después en colombianos y seguramente pronto a los haitianos, como si alguna vez el color de piel o los rasgos del rostro fueran determinantes en las virtudes o defectos de cada migrante llegado a estas tierras.

Es más, recuerdo en el pasado de mi ciudad, tanta historia de abusos laborales, vínculos con la dictadura, líos de drogas y platas sucias, asesinatos escalofriantes, fiestas en donde la droga se consumía como si fuera papas fritas. Corrupción y muchas más, relacionadas con esos apellidos que hoy se usan como garantes de que existe una diferencia radical en el color de la piel o nacionalidad a la hora de abrir las puertas de un país que creció gracias al aporte de migrantes de tantas partes del mundo y de nuestro propio país.