Por: Liss Orellana

Ya salté una década en el calendario; a los treinta, cuando eres mujer, soltera y sin hijos, comienzan las preguntas, los cuestionamientos y las recriminaciones, las mismas preguntas hechas por distintas voces:
¿Cuándo piensas casarte?
¿Cuándo vas a tener un hijo? (para que no te quedes sola)
¿Cuándo vas a consolidar tu vida?

Desde tiempos inmemoriales, a las mujeres se nos ha dado la posición de pilares de la institución familiar, por lo que se nos inculca que la autorrealización se consigue gracias a la constitución de un núcleo compuesto por hombre-mujer-hijos (en este último punto, varios).  Hoy nada más alejado de la realidad.
Les contaré un poco mi experiencia: a los 17 años, decidí que si quería ser madre, esto sucedería después de los treinta, ya que dentro de mis prioridades era sacar una carrera y lograr, después de esto, estabilidad plena (la autorrealización, la punta de la pirámide de Maslow). Fueron pasando los años, y cuando me fui acercando a los 25, comenzaron las preguntas, a las cuales contestaba de la misma manera que a los 17, por lo que me llegaba de vuelta el misil: “NO SE TE VAYA A IR EL TREN”

¿QUÉ TREN?
Para muchas mujeres, el tren es precisamente la familia, la cual, metaforizada en la figura del ferrocarril, comienza a escabullirse mientras corres detrás de ella, tal como las escenas de las películas de los años ´50.
Ahora que tengo 30, decidí no tener hijos, porque esa autorrealización aún no está completa, decidí que mi familia, sea yo; quizá sea una declaración egoísta, pero consciente de lo que esto implica, no es vivir en soledad, no es NO compartir con alguien mis alegrías y mis penas, sino que aprender primero a vivir conmigo misma, para estar preparada para entregar a otro individuo, parte de mí; eso sí, cada mujer es libre de poder decidir por su vida, muchas optan por seguir los pilares tradicionales, casarse, tener hijos, dedicarse a la vida familiar.

Cada una sabe dónde parte su propio tren.