La tarde cae lentamente y el fresco del otoño se siente correr raudo por la pequeña plazoleta con árboles desnudos y sin alguna estatua o monolito que le entregue algún nombre o importancia.  Sentado en un trozo de pasto, que aún sobrevive en medio de la basura, y afirmado contra un pequeño muro de piedras, Mario, de pronto, se da cuenta de algo extraordinario mientras intenta consumir el poco de pasta que le costó cuidar autos toda la mañana. Dentro de su deteriorada mente algo hace clic y de pronto asume con sorpresa que tiene el poder de volverse invisible. “Qué diablos” -piensa, “Esta volada es la mejor que he tenido en mucho tiempo.”

No sabe cómo paso pero siente que mientras él puede ver todo lo que sucede a su alrededor, el resto del mundo ya no puede verlo. Entre emocionado y sorprendido, dejando su querida pipa con bastante cuidado a un costado, se levanta lentamente y, afirmándose del muro, se pone de pie. Justo en ese momento divisa a la señora que le regala almuerzo cada vez que él se ofrece para barrer su vereda y que camina por la calle del frente. Agita un brazo lentamente intentando saludarla, pero ella ni se inmuta. Luego agita ambos brazos frenéticamente y le grita, pero ella sigue impávida alejándose calle abajo. Sorprendido y emocionado por esta nueva condición, se olvida de ella y concentra su atención en un personaje aún más relevante. El guardia de seguridad municipal que como cada día hace su aburrida ronda y lo corretea a punta de palos y amenazas. Envalentonado por este súper poder, sale a su encuentro, se planta delante de él, desafiante y a la vez temeroso de recibir un palo, y -con renovado asombro- el guardia pasa a su lado sin hacer ningún gesto. Curioso, extiende su mano y le toca el hombro pero tampoco hay reacción. Lo sigue un par de pasos y le grita un par de groserías prácticamente en pleno oído, pero nada. El tipo se aleja fumando y concentrado en quizás qué asunto sin percatarse de su presencia y ademanes.

A esta alturas, Mario ya no sale de su asombro y mira a su alrededor buscando alguna otra forma de probar que realmente es invisible y no el efecto de la pasta que cada día es de peor calidad. Nadie lo mira, ni siquiera desde los autos que pasan a su lado, raudos y rugientes. Esto le da una nueva idea. Cruzará la calle para ver si estos se detienen y evitan atropellarlo. Mario siente que vale la pena probar y arriesgar el pellejo porque es la primera vez en mucho tiempo que ocurre algo tan relevante en su vida. Atrás quedaron los días aquellos en que era uno más de toda esa gente que le rodea, trabajando de sol a sol para ganar cuatro chauchas, llegar a casa molido y cansado para comer un plato de comida y caer en la cama;  repitiendo cada interminable día de su puta vida anterior.

Todo cambio cuando cayó en el vicio y comenzó a perderlo todo. Terminó en la calle, arrastrando un par de frazadas como única pertenencia y juntando monedas para una cajita de vino o su vicio al que él llamaba cariñosamente “liberación”. Absorto, intentando recordar si alguna vez se sintió de la misma manera, dio el primer paso, luego el segundo, un tercero y esperando el frenazo, el bocinazo, los gritos pero nada de eso ocurrió. Asombrado, pero esta vez al borde del espanto, se dio cuenta que los autos, incluso un enorme bus, pasaban a través de él,  como si fuera solo humo o vapor. Comenzó a correr a través del camino y pasando por entre los autos, micros y camiones, se dio cuenta que su cuerpo ya no existía, intentó mirarse las manos, las piernas, su ropa sucia y nada. No había nada. Solo la conciencia de que estaba allí, parado en medio de la vía, mientras todo y todos ya no lo podían ver o alcanzar.

Eufórico comenzó  reír y girar con los brazos que no podía ver, extendidos y sin darse cuenta comenzó a elevarse, primero lentamente y luego rápidamente por sobre el barrio, llegando más alto a cada momento, sobrepasando la mortecina luz de los postes que ya comienzan a encenderse; ahora puede observar la ciudad como un conjunto de luces y sonidos mientras sigue subiendo mientras el propio atardecer y a lo lejos el sol, también se alejan para hundirse en el mar. Levanta la mirada y las primeras estrellas que aparecen detrás de los cerros parecieran darle la bienvenida a su nuevo hogar. Mario no entiende nada, pero ya no quiere entender. Ni siquiera siente ganas de comer, fumar o tomar un trago, como habitualmente haría a esa hora, para quedar sumido en la oscuridad, envuelto en sus frazadas esperando dormir sin soñar. No, ahora es otro. Ya no es Mario. Ahora es algo, no sabe qué pero, definitivamente, ya no es él. Relajado y feliz sigue subiendo a la oscuridad de la noche mientras la ciudad queda a sus ya, inexistentes pies.

 

“El sujeto, hasta ahora un NN fue encontrado hoy en la mañana, envuelto en frazadas en el sector por un vecino, quien dijo conocerlo solo de vista, señalando que era un habitual consumidor de pasta base pero que nunca había causado molestias en el vecindario.  Se presume que falleció producto del consumo de drogas u alcohol pero su cuerpo será sometido a las pericias de rigor en el SML mientras se espera que algún familiar lo reclame.”