Por: GREGORIO SELSER

 

Qué es eso de la “desestabilización”. Carta del representante Michael J. Harrington, demócrata de Massachussets, a Thomas Morgan, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, fechada el 2 de septiembre de 1974.

La corporación multinacional. Un balance aproximado. Discurso pronunciado por el senador Frank Church, demócrata de Idaho, presidente de la Subcomisión de Relaciones Exteriores del Senado sobre Corporaciones Multinacionales, el 12 de marzo de 1973, en Houston, Texas.

Acción encubierta en Chile: 196 3-: 1973. Informe del equipo del Comité Selecto constituido para estudiar las operaciones gubernamentales con respecto a las actividades de inteligencia. Senado de los Estados Unidos, 18 de diciembre de 1975.

Carta de Allende a Nixon. Excélsior 12 de diciembre, 1975.

 

PROLOGO (José Miguel Insulza)

Lic. en Ciencias Jurídicas y Sociales de la U. de Chile. Realizó estudios de posgrado en Ciencias Políticas Sociales (FLACSO) y en la Universidad de Michigan, donde obtuvo su Maestría, Profesor de las Universidades de Chile y Católica de Chile, fue Asesor Político del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile entre 1971 y 1973.

Actualmente es Director del Instituto de Estudios de Estados Unidos del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) donde también es profesor de Teoría de las Relaciones Internacionales.

La reconstrucción de la acción encubierta de la CIA y otras agencias norteamericanas en Chile, en la década que va de 1963 a 1973, es una operación a la vez fascinante y difícil. Fascinante, porque a la abundante cantidad de material disponible, fruto primero del celo de académicos y periodistas (entre los cuales Gregorio Selser es uno de los más prominentes) y luego de la actividad de Comisiones investigadoras, oficiales, se une el hecho de que, en torno a la experiencia chilena de una década, se cubren tres períodos distintos de la política norteamericana hacia América Latina: los años de la Alianza Para el Progreso, para la cual la “Revolución en Libertad” de Frei parecía un experimento ideal de desarrollo y confrontación positiva con la “amenaza comunista”; el período de la “negligencia benigna”, cuando incluso las críticas de los gobiernos reformistas parecían fastidiosas para quienes creían que lo único importante era lo que ocurría en el hemisferio Norte; y el período de alarma, intervención e implantación de dictaduras de derecha con apoyo norteamericano que se abre en 1972. Y difícil, porque la información nunca es unívoca y se corre el riesgo de carecer de una perspectiva general de interpretación que ponga orden en la confusión de datos, más aún cuando, tratándose de actividades encubiertas, siempre quedarán una serie de vacíos que sólo la adecuada perspectiva puede cubrir.

Por esa misma razón, es importante realizar análisis históricos como el que en este libro emprende Gregorio Selser. La crisis en Chile y la caída de Allende son hechos ocurridos hace más de una década. Pero la actividad encubierta continúa y día a día se expresa en otros países de América Latina y de otros continentes. Sabemos algo de Nicaragua y de otros países centroamericanos; las recientes revelaciones en torno a la venta de armas a Irán nos proporcionan nuevos antecedentes; no obstante, el cuadro completo sólo está disponible después de varios años. En el caso de Chile. fueron muchos los que miraron con escepticismo las primeras denuncias en torno a la actividad norteamericana para atacar al régimen de Allende. Al fin y al cabo, cuando se cae víctima de errores propios, siempre es más fácil culpar al imperialismo. Pero poco a poco se fue descubriendo la compleja trama que demostraba esa actividad y la investigación del propio Congreso de Estados Unidos terminó por ponerla en claro. Del mismo modo, es posible que dentro de varios años (como también ocurrió con los papeles del Pentágono y el famoso incidente del Golfo de Tonkin) sepamos de una serie de actividades encubiertas que sirvieron de preludio a la escalada en Centroamérica o en otros países de nuestro continente y que, en su momento, son presentadas como actos de legítima defensa, como dirigidos a otros temas (narcotráfico, migración o terrorismo) o simplemente negadas como falsedades. Nada sabíamos del financiamiento a la prensa de oposición, de las decisiones del Comité de 40, de los pagos a los camioneros en huelga, cuando ellos se estaban produciendo. Los términos “Track I” o “Track II” eran ignorados en 1973, cuando estaban en aplicación. Conocer lo que entonces sucedió nos permite ser menos ingenuos en la evaluación de la acción internacional en contra del cambio en nuestra región.

Con esto no pretendemos sostener que la caída del régimen de la Unidad Popular haya sido, en sentido estricto, producto de factores externos. No fue Estados Unidos el único o el principal causante del trágico fin de la experiencia de Salvador Allende-, como no se le puede atribuir tampoco la implantación de la dictadura en Uruguay, en Bolivia, en Argentina o antes en Brasil. En estos acontecimientos dolorosos que marcaron el comienzo de la década anterior los factores políticos internos fueron seguramente más decisivos. Es innegable que los errores graves de política, el sectarismo en el tratamiento de aliados potenciales, la escasa atención a los problemas de las capas medias, la falta de unidad interna, la desconsideración de la conducta de las Fuerzas Armadas y la indefinición en torno al problema central de la democracia política, estuvieron también en la base de la derrota. Si mientras construía con éxito relativo su propia base política, la Unidad Popular no hubiera alienado por otra parte a importantes sectores del país, que el golpismo consiguió hegemonizar, ninguna acción exterior habría sido suficiente para derribarla.

Pero en la situación objetiva de crisis, la acción externa, no sólo la encubierta, tuvo campo fértil para operar. Es probable que problemas como el desabastecimiento o la crisis financiera se deban en parte a errores; pero también son producto de la acción de fuerzas concertadas para la desestabilización. Es posible que hayan existido grupos de extrema izquierda que no comprendieron la magnitud de la conquista popular alcanzada en Septiembre de 1970 y cooperaron efectivamente a la creación de un clima de violencia. Pero parte sustancial de la orientación, la sustentación ideológica y política y el financiamiento de esa violencia tuvieron su origen en la oposición y en sus apoyos externos. No fue Estados Unidos quien derribó a Allende, es cierto. Pero tampoco puede afirmarse, como lo hace Henry Kissinger en sus memorias, que no tuvo nada que ver. Quienes gobernaban ese país deben responder de su apoyo al golpe militar y a toda la tragedia que el pueblo chileno ha debido vivir después.

Una primera impresión que sugieren los textos de Selser y los documentos anexos (y que por lo demás surge también de todo el material escrito por investigadores y protagonistas) es que la confrontación con el Chile de Allende estaba predeterminada desde el comienzo, sin esperar a la política que ese gobierno pudiera llevar a cabo. En el gobierno de Washington había consenso sobre la inconveniencia del régimen de la Unidad Popular y sobre la posibilidad de que se convierta en “una nueva Cuba”. Los Comités y la acción encubierta comenzaron a andar el día de la elección y no cuando Allende llegó a La Moneda o cuando puso en marcha sus primeros programas.

En efecto, el problema central provocado por lo ocurrido en Chile no era ni la perspectiva de nacionalización del cobre u otras empresas extranjeras, ni la muy discutible eventualidad de establecimiento de un régimen del mismo corte del cubano, ni el posible incremento de la actividad soviética en la región. El problema era la existencia del régimen en sí; la llegada al poder en la zona de hegemonía de un gobierno que se proclamaba socialista y anti-imperialista, rodeado además de otros regímenes que, aunque de distinto carácter, se proponían también objetivos de tipo nacionalista: Velasco en Perú, Torres en Bolivia y Cámpora en Argentina. La cuestión no era si Allende sería más o menos radical en sus reformas; la cuestión era la visible pérdida de hegemonía norteamericana en la región, en momentos en que la perspectiva realista-bipolar de la Administración Nixon hacía imprescindible la retención de esa hegemonía. Nixon decidió “hacer chillar la economía” chilena antes de que Allende adoptara ninguna decisión de política exterior o de nacionalización interna.

Cuando estas medidas fueron adoptadas, los problemas del gobierno norteamericano se complicaron. En efecto, en lo interno, la política de Allende mantuvo sus promesas electorales y las nacionalizaciones vinieron; pero ello no ponía a Chile en una situación muy distinta de otros países en América Latina y otros continentes que habían llevado adelante medidas similares con respecto a las empresas norteamericanas. En otras palabras, en un periodo de movilización global por la soberanía sobre los recursos naturales, la nacionalización del cobre y otras empresas extranjeras no bastaba para acusar al gobierno de Allende de “comunista”. Más aún cuando el resto de su actividad interna parecía dispuesta a respetar el régimen democrático y los resultados electorales y su actividad exterior tenía un signo latinoamericanista y no-alineado.

El régimen de Allende amplió, es cierto, las relaciones con la URSS y el campo socialista. Pero ellas nunca llegaron a asumir la importancia que el mismo gobierno dio a su trato con América Latina, e incluso con el Tercer Mundo y con Europa Occidental. Lejos de plantear la “exportación” de su experiencia, Allende proclamó para América Latina el camino del pluralismo ideológico y mejoró las relaciones de Chile con los demás gobiernos del hemisferio, emprendiendo incluso con ellos iniciativas comunes de carácter regional. Lejos de “prestar bases a los soviéticos” se incorporó al Grupo de los No-alineados, que excluye las alianzas militares y la presencia de bases externas. Por último, las buenas relaciones con los países europeos, a veces tan sensibles como Estados Unidos a la “penetración comunista” en otras regiones, muestran de qué modo la política allendista estuvo muy lejos del pronóstico. Y el repudio universal al golpe militar y la destrucción de la democracia chilena son la mejor prueba de que sólo Estados Unidos persistía en caracterizar la experiencia chilena como una crisis Este-Oeste, mientras para los demás el conflicto entre el Chile de Allende y el gobierno de Washington constituye un caso clásico de confrontación Norte-Sur, en torno a los grandes temas de la soberanía y la independencia nacional. Y es probable incluso que esos temas, que daban al gobierno de Allende una audiencia mucho mayor hayan sido percibidos por Washington como un riesgo mucho mayor que el que habría enfrentado si Chile se hubiera alineado con otro bloque. Los bloques son una forma de confrontación más cómoda para quienes siempre afirman el carácter “suma-cero” del conflicto global. El Chile de ayer, como la Nicaragua de hoy, siempre plantean una dificultad mayor.

El trabajo de Gregorio Selser tiene importancia actual, no sólo porque las consecuencias de la acción encubierta de hace trece años se siguen viviendo hoy por el pueblo de ese país, sino porque, pasado un primer período de restricción y autocrítica producto de las evidencias dramáticas de Vietnam y Chile, la política de intervención y, por ende, de la actividad encubierta en sus múltiples formas, está de vuelta de lleno en los años ochenta. “Doble-track”, desestabilización, bloqueo, sabotaje, financiamiento de grupos subversivos, reactivación de fuerzas especiales, son lenguaje común del Washington de hoy, teniendo su máxima expresión en el aberrante calificativo de patriotas que se asigna a los somocistas y en financiamiento de operaciones armadas en Centroamérica a través de la venta de armas para continuar la guerra en el Golfo Pérsico. Hoy, cuando Estados Unidos es sacudido una vez más por un escándalo y cuando el estado secreto y el estado democrático vuelven a chocar, como tantas veces en los últimos años, el recuerdo documentado de una de estas experiencias es de la mayor importancia.

Para ello, es difícil encontrar alguien mejor preparado que Gregorio Selser., quien en su vasta y prolongada actividad como académico y periodista ha hecho del estudio de esta temática su preocupación principal. Si fuera necesario resumir la polifacética obra de Selser en algunos rasgos principales, elegiríamos tres: su permanente compromiso con la independencia y la soberanía de América Latina, su atención a los factores externos que condicionan esa lucha y su capacidad para poner al desnudo la actividad encubierta y la lógica real que subyace, de modo contradictorio, a la retórica formal.

Todo ello ha llevado a Selser a interesarse, desde hace muchos años, por descubrir la verdad acerca de la política norteamericana hacia nuestra región. Quienes lo hemos seguido fragmentadamente, desde su edición del clásico de William Kremhm a su descubrimiento del Memorándum Plank, a sus documentados trabajos sobre la política de Kissinger hacia América Latina, a su apasionada defensa de la verdad del nacionalismo nicaragüense, su historia y sus realizaciones, no podemos asombrarnos de la calidad del trabajo que hoy presentamos. Nada en él es divagación o presunción; sólo los hechos, los datos minuciosamente investigados y claramente interpretados. Al fin y al cabo, en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, nada hay más contundente que la verdad.

 

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