Por El Tio Mamo

Como últimamente se ha generado gran revuelo por los dichos de figuras de la TV respecto de las torturas a los presos ecuatorianos que asesinaron a Margarita Ancacoy es que quiero explicarles ciertas conductas de la sociedad chilena que a mi parecer deben cuestionarse, analizarse y corregirse.

Por si usted no lo sabe, existe una historia (Que no es secreta, por eso no sale en los libros de Jorge Marco) sobre un chacal, el Chacal de Nahueltoro, que refleja el proceder de la sociedad chilena hace tan sólo un par de décadas. En resumen (porque ustedes, zurdos flojos lectores de este pasquín ni siquiera se tomarán la molestia de googlear) trata de un hombre alcohólico que asesinó a su conviviente y a los hijos de esta manera horrenda. Hasta aquí llegará la lectura de algunos tuiteros enardecidos que se irán directo a su app a pedir las penas del infierno para este hombre, ignorando que fue fusilado hace 55 años.

Para los que siguen leyendo, este caso no sería tan emblemático dentro de la crónica roja Chilena si no fuera porque Jorge del Carmen Valenzuela Torres, el “Chacal” fue rehabilitado durante los 32 meses que estuvo preso. Y quizás la palabra no fue “rehabilitar” sino “transformar”, porque este hombre no era más que un hijo de la pobreza que campeaba en el Chile del 1920, y que en la cárcel aprendió a hablar, a leer, a entender que él era un ser humano.

Lo irónico es que, una vez transformado, lo fusilaron.

¿Qué relación tiene este caso con lo que ocurre hoy en la actualidad? Ninguna. O capaz que harta, porque los delincuentes que están hoy en la cárcel son lo que en aquella época fue el Chacal, hijos de la pobreza del Chile del siglo XXI, ya no de la pobreza de hambre, sino de la pobreza de educación, de la falta de sentido de vida y de la falta de cariño, de comprensión.

¿Es válido desearle la muerte al delincuente que hace portonazos, que viola y que mata por placer? Claro que sí, es la reacción que nos sale desde las tripas, la sed de venganza está en nuestro ADN. Les propongo que vamos a las cárceles, saquemos a los gendarmes y le prendamos fuego al edificio. O que pongamos una bomba en un concierto de reggaetón. O en el Congreso.

Imaginemos estupideces. Imaginemos que desarmamos los guetos. Imaginemos una sociedad que pone todas las fichas en la educación de sus niños. Imaginemos a un presidente que en vez de intervenir el sur con un Comando Jungla (Señor Presidente: Le informo que en Chile no hay jungla) se dedica a intervenir poblaciones tomadas por el narcotráfico y armar una red de apoyo eficiente que les arrebate a esos niños que viven en riesgo social. Imaginen que eso le hubiera pasado a Jorge Valenzuela.

Pero para qué, si es mejor seguir siendo personas que nos alimentamos de nuestras emociones.