LichyPor: @Lichy_O

Cuesta un poco comenzar a escribir esto, ya que de alguna manera es una introspección hacia el propio aprendizaje, las costumbres adquiridas, y de alguna forma, a los errores que alguna vez pude cometer como mujer.

Crecí con los dos lados de la moneda: por un lado, una familia donde la figura central fue el patriarca, que hasta después de muerto, fue figura central en la vida de sus hijos y nietos; por otro lado, mi abuela materna fue la que mantuvo unida a la familia hasta que un cáncer se la llevó cuando yo tenía 7 años.

Mi madre crió solo hombres, ya que la única niña falleció a los ocho meses, bueno, esto hasta que nací yo; mis hermanos ya no eran unos niños, por lo que ese mundo “femenino” era un territorio casi desconocido; así entonces, mi terreno de juguetes abarcaba desde pelotas, naves espaciales, autos, hasta muñecas peponas.

Como a los 9 años, recibí una muñeca de regalo – las mantenía guardadas, para dedicarme a jugar con otras cosas – la cual me llamó la atención, vestida de novia, con un botón, el cual se apretaba, dándote alrededor de seis frases, algunas de ellas no se me borraron más:

 

  • ¡Hola cariño!
  • ¿Cómo estás?
  • ¿Qué pasa?
  • ¡Te quiero!

 

 

 

 

Dentro de la cabeza de una cabra chica, lo primero que piensas, es a quien van dirigidas esas palabras, y era ahí cuando reclamaba que me faltaba un Ken para la novia. Esa muñeca era el primer acercamiento hacia el comportamiento machista.

El ser humano es animal de costumbre por lo que no fue difícil adquirir, con el tiempo, ciertos comportamientos cercanos al “manual para señoritas”, como por ejemplo, sentarte siempre con las piernas cruzadas, no usar ropa muy apretada “para no andar provocando”, para qué hablar sobre el maquillaje “no muy cargado que pareces cualquier cosa” o teñirse el pelo, cosa que vine a hacer cuando salí del colegio.

A los hombres les gustan las mujeres al natural.

En esa época, aprendes a competir. La época del liceo es una especie de selección no natural, en donde las que ganan son las que se ven más “minas”, las que tienen más llegada con los cabros; el resto, queda relegado a una especie de eslabones más bajos de la cadena, siendo el último de estos, en donde caían las niñas “odiadas”.

En mi curso, existió el “cuartel de las feas”, dado a que en esa época, daban la teleserie “Betty la Fea”, en donde ella tenía un grupo de amigas con ese apodo; en algún momento, el grupo de las que se decían “populares”, se les fue encima a estas niñas: las trataban de moscas muertas, hipócritas, y varios epítetos más; para las que estábamos fuera de ese círculo, solo nos quedaba observar ese maltrato, y de alguna forma, lo avalamos, y lo normalizamos. Terminamos todos siendo amigos.

No te metai con ella, es una maraca.

Vuelvo a la competencia. Ves que tus amigas consiguen pololo, y tú no, que la vida les sonríe, y a ti no; las responsabilizas de tus desgracias, y para compensar, te juntas con gente con un pensamiento parecido al que tienes en ese momento, y caes en ese círculo que ya viviste en la época escolar: si a tu amiga le cae mal otra mujer, a todas nos cae mal, no importa que no la conozcamos; si tú salías con un tipo que te engañó, todas odiamos a la mujer con la que te engañó, no al hombre, porque “ella es la que se metió al medio”. Siempre la culpa era de la mujer.

Así fue por mucho tiempo.

Y la cagué.

Está bueno que reconozcamos que estas conductas están normalizadas, y que es un trabajo extenso el poder decir de frente “¿sabes?, si te hice algún daño, discúlpame.”; no cuesta trabajar en la empatía con el género, criticar sin caer en la ofensa, y enseñar cuando falta; que nuestras conductas pasadas nos sirvan para que en un futuro, tener una mejor versión de nosotras, por muy cliché que esto suene.

Cuidarnos, no maltratarnos.