Por Henry MillerHenry

Leer por segunda vez a los 63 un libro que devoraste a los 17, realmente es leerlo por primera vez. No abundaré más en esto pues muchos lo han experimentado y también muchos otros lo han descrito magistralmente.

Recorriendo estanterías en la antigua librería de viejos San Cristóbal de Av. Francia en Valparaíso me topo con: La Peste. Albert Camus. Editorial Sur, Buenos Aires. Quinta Edición, 14-Xll-1957. Valor: $6.000.-

Son 204 amarillentas páginas de 43 líneas cada una de una letra liliputiense que significa un esfuerzo hasta para los privilegiados de visión 20/20. Me estremezco con el relato del cual no haré análisis alguno. ¿Acaso estoy calificado para hacerlo? Además, prefiero quedarme con la vivencia personal, y, egoístamente, no compartirla.

¿Debo yo ser el que rompa esa unión, esa ligazón sexagenaria? ¡Ni loco! ¿Por qué razón no lo hicieron las decenas de lectores que me precedieron?

Lo que motiva estas líneas es el final del libro, del libro físico, no de la novela, pues me faltan aún las 4 páginas finales por una razón (¿o sinrazón?) sorprendente.Screenshot_2018-08-20_09-51-15

Ocurre que esta edición, ¡De sesenta años!, que debe haber pasado por muchas manos (tiene líneas subrayadas, signos de expresión, comillas, etc. con grafito, tinta y pasta que dejan muy claro que más de un lector ha tenido), aún conserva un defecto de Imprenta: las páginas 201-202-203-204…¡están pegadas!

¿Cómo? Si, no leyó mal: pegadas. Si la página es un rectángulo A-B-C-D, la 201 con la 203 están enteramente unidas de B a C, o sea, de arriba abajo, quedando de esta forma solo unas pocas líneas del final en la 204 y totalmente oculta a la lectura, imposible de ser leídas, las 202 y 203. Incluso, la 204 y la contratapa se hallan aún unidas por aproximadamente por 1/6 de extensión en la parte superior izquierda, en A.

Entonces, ¿debemos concluir que nadie se atrevió nunca a deshacer este error de imprenta y terminar definitivamente de leer la novela?Es cierto que en la 199 Camus avisa que el relato ha concluido y el resto es un resumen que no conlleva mayor misterio aparte de constatar que el paranoico Cottard no acepta el fin de la peste y enloquece definitivamente, disparando a mansalva sobre inocentes transeúntes que celebraban eufóricos en las calles el término del encierro.

¿Debo yo ser el que rompa esa unión, esa ligazón sexagenaria? ¡Ni loco! ¿Por qué razón no lo hicieron las decenas de lectores que me precedieron? Tengo la respuesta, y no es otra que por la misma aprehensión que me consume e inhibe a poner fin a este error: al romper esas uniones, inmediatamente se incubará en mi cuerpo la semilla de la peste y brotarán, primero en la ingle y después bajo el cuello y axilas, dolorosos y nauseabundos bubones, infectándome por completo hasta, en menos de 48 horas, morir entre atroces convulsiones, delirando febrilmente tal como les sucedió a miles en Orán, tal como fue el final del extraordinario, sufriente y lúcido Tarrou…
HENRY MILLER