Por Henry Miller  Henry

 

La Av. Francia de Valparaíso corre perpendicular al mar, en una línea ascendente desde el borde costero hasta las faldas del cerro La Cruz.

A inicios del siglo XX estaba repleta de pretenciosos edificios y lucía muy diferente a lo que hoy es: una ecléctica vía donde combinan decenas de estilos que incluyen algunas señoriales pero decrépitas construcciones que por milagro se han salvado de las llamas y los terremotos.
En los 50′ y 60′ algo quedaba de su antiguo esplendor, como por ejemplo, la Escuela Técnica Femenina, en la esquina de Francia e Independencia con su característico rosetón metálico de al menos cuatro docenas de tubos de donde salía gas para iluminar la noche. Un espectáculo.
Este era el camino obligado entre el colegio y mi hogar en Av.Baquedano, que inicia casi al término de Av.Francia, trepando y cruzando los cerros Monjas y Mariposas para terminar su serpenteante recorrido en el cerro Florida, a pasos de la Sebastiana, la casa porteña de Pablo Neruda.
Ahí, al inicio de Baquedano pasé la mayor parte de la infancia, esa que nos queda indeleblemente grabada con todos sus bemoles.
Aquella casona estaba en el tercer piso, pero por esas cosas de Valparaíso donde las quebradas son aprovechadas al máximo para la construcción, aunque se hallaba en el último nivel era la única casa de aquel edificio que tenía patio (dibujen una línea vertical y en su base una en 45º, al final de la vertical tiren una horizontal y entenderán)
En ese patio estaba mi Reino, mi acuoso reino contenido en una vieja artesa de madera. Ese recipiente de pino cepillado cuando mi abuela no lo ocupaba en el lavado se transformaba en un océano donde inmensas flotas rivales se transaban en cruentos combates que empequeñecían enormes batallas como la de Jutlandia.
Pero seré sincero: habían barcos y barcos, aunque equitativamente repartidos en ambos bandos.
Ambas flotas estaban dotadas de fuertes acorazados de madera revestidos de trozos de latas de café o aceite que los hacían resistentes a los impactos. Al centro de las formaciones de las escuadras y protegidos por los más fuertes, navegaban frágiles destructores de cartulina que no tenían otro armamento más que simples cañones dibujados con lápiz de color. También habían naves intermedias, “acorazados de bolsillo” de dos o tres chimeneas de canutos o carretes de cartón de los hilos que mi abuela usaba en sus costuras.
Pero siempre el ángelus llegaba, y con él, el llamado para que me entrara a disfrutar de la tibieza del brasero y dejara de jugar con agua “pues pasarás el río” (léase, “hacerse pipí en la cama”)
Finalmente, y como nunca estuve parcializado con una bando en particular y tampoco los combates jamás tuvieron un claro ganador, me transformaba en Neptuno y mis manos provocaban terribles tifones, espantosas marejadas que terminaban con la mayoría de las naves en el fondo marino.
(Con un colador de fideos, y mucha delicadeza, rescataba las naves de las profundidades para que el sol las secara por la mañana y al regreso del colegio, nuevamente se enfrentaran en colosales contiendas)

Henry Miller