Por Henry Miller Henry

Pudiera decir que todos los días de la semana son monótonamente pedestres, aunque posiblemente el sábado sea la excepción.

El hastío del lunes, el anodino martes, la irrelevancia del miércoles, la expectativa de descanso no consumada del jueves, la fútil prisa del viernes, el siempre depresivo domingo.

Pero el sábado se escapa de la norma y se torna definitivamente, mágico. O quizás, porque no, solo para mí lo sea desde aquel lejano día de juventud cuando escuché por vez primera a Chicago en “Saturday in the Park”.

De ahí en adelante el sábado me olió a Ron barato (pero que importa), a hierba (del césped y de la otra), a Hilton, a besos furtivos, a arena, mar y algas.

La buena vida, pletórica de promesas y sentido.

Ya de viejo aún este día sigue siendo mágico, como si tantas décadas hubiesen sido inmateriales, un sueño, sin hacer mella alguna y aquel joven estuviese, hoy, terso, vigoroso, intacto.

Y es un sábado por la tarde que leo a Kundera.

Dice Milan:
“¿Que amaba Lenin de la Appassionata de Beethoven? ¿La música o el sublime ruido que le recordaba los pomposos impulsos de su alma ansiosa de sangre, de fraternidad, de fusilamientos, de justicia y de absoluto? ¿Disfrutaba de los tonos o de los sueños que los tonos le inspiraban y que no tenían nada en común ni con el arte ni la belleza”

Siendo para mí de mis eternos referentes literarios, considero que Milan quizás no juzga claramente pues (quizás) su exilio y la Primavera de Praga aún lo ciegan, o ve el tema a medias, pues la aversión al líder comunista es superior a un juicio desapasionado: La Apassionata es un verdadero himno revolucionario, quizás a la altura de la Marsellesa.

Claro que lo insinúa al catalogar el alma de Lenin como “ansiosa de sangre y fraternidad”, pero aquello obedece a la parcialidad ideológica de Kundera y no la contundente realidad de la composición del gran Ludwig.

Las tres grandes LA: La Apassionata , La Internacional y La Marsellesa conforman (insisto Milán, a mi modestísimo entender) la trilogía al himno revolucionario.

Bueno, y ya que leo sobre la Apassionatta, escuchémosla. Elijo a Baremboin. No: mejor serán una que muestre la partitura.

En 64 años jamás entendí un carajo de corcheas y otras figuras que hacen que la música se pueda leer (de los logros más extraordinarios del hombre).

Y es muy extraño, pues desde niño me asomé por sobre el hombro de mi abuelo viendo como deslizaba su pluma plasmando esos jeroglíficos sobre las impolutas partituras, untar la pluma en el tintero, regresar al papel, al tintero, otros cientos de signos sobre los pentagramas, ansiosos de que aquellas cinco frías lineas horizontales cobrasen sentido.

Y así, tardes enteras sintiendo su fuerte hálito alcohólico en su fétido cuarto porteño de altas paredes cubiertas de escupitajos violáceos (…gruesos escupitajos de vino tinto, pan y ají)

Mi abuelo era un monstruo alcohólico, pero también lector de novelas de caballería, jugador de solitario, devoto de la Virgen del Carmen y de Lourdes, pero por sobre todo, un músico que leía y escribía música.

Hoy en día los niños aman a monstruos de Disney, de Pixar, incluso hay todo un culto a las princesas, que al final son los peores monstruos, los más distractores y falaces.

Pero déjenme confesar algo privado, muy privado: hasta el día de hoy le tengo cariño a ese monstruo alcoholizado que fue mi abuelo, aquel abuelo al que no se hacía merecedor de ningún afecto, aquel abuelo, mi abuelo el músico.

Esto lo descubrí una tarde de sábado, donde las cosas que realmente importan siempre se nos revelan.

HENRY MILLER