SU RETWEET ES MI SUELDO

URSIDO ZURDO

Muchos hemos visto y vivido la revolución y la evolución de las RRSS. En lo personal recuerdo cuando era un joven recién ingresado a la escuela de informática en la U (hace muchos años) y haber chateado con personas en equipos Vax del laboratorio que ahora se pueden ver sólo en las vitrinas de los museos de arqueología. Eran conversaciones simples y sin mayores pretensiones.


Pero habían interesantes excepciones. Recuerdo haber estado muerto de la risa con unos amigos que chateaban con una argentina, intercambiando ideas bastante subidas de tono comparables a lo que en estos días leemos con frecuencia junto al sufijo twitero AYASHAO. Esto lo vivíamos mientras tratábamos de no reírnos y de poner cara de análisis de algoritmos para evitar la mirada penetrante del encargado del laboratorio que tenía la misma dulzura de Hannibal Lecter y que si te sorprendía en actividades no académicas, no dudaba en recordarte amorosamente que los computadores y terminales eran para trabajar y estudiar.

Pasado unos días vimos que la mencionada argentina resultó ser un hombre joven, estudiante de informática de una universidad trasandina. Todos estallamos en risas, burlas y balbuceos de asombro, lo que obviamente nos significó una cordial invitación a retirarnos del laboratorio.

Admito que me acordé de todo esto con una sonrisa en la cara cuando me puse a pensar en la compleja realidad que estas plataformas de comunicación han puesto delante de nuestros ojos y dedos: ¿Sabemos quien está al otro lado de la pantalla del computador o del celular?.
Sin que nadie se ofenda, con los años me he dado cuenta que en internet todos somos sólo personajes de un juego de rol, que en mayor o menor grado mostramos nuestras reales características personales, carisma, creencias y visión de la vida; pero que en el fondo no dejamos de ser personajes adornados con nuestros deseos de mostrarnos de una manera más lúdica, seria, combativa, transgresora o proyectiva. Incluso aquellos que se identifican con su nombre verdadero y publican su foto, no deja de ser un personaje con estas mismas conductas. Sólo acordémonos de algunos casos emblemáticos que llevaron sus personajes a un punto que no pudieron manejar, al más puro estilo de la novela El Socio de Jenaro Prieto, y que dejaron una huella difícil de borrar, junto con poner en jaque algo que es fundamental en las relaciones virtuales: nuestra confianza en el otro. Confianza que se ve coronada cuando estos personajes se transforman en personas reales que comparten una sonrisa y una conversación frente a un café, una cerveza o una cena.

Observar esta variedad de personajes es fundamental a la hora de entender la dinámica que se da en las RRSS, donde la aparente seguridad y libertad de acción que nos da el wifi o el 4G ha llevado a plataformas como Twitter a transformarse en un elaborado e iluminado escenario donde confluyen millones de historias que van desde la descripción de lo que estamos haciendo, hasta las funas más elaboradas, pasando por expresiones artísticas, opiniones políticas y sentimientos personales, que en muchas ocasiones han transformado ese proscenio en una ensangrentada arena de circo romano llena de espectadores, cadáveres y gladiadores victoriosos que esperan aplausos, likes y retweet. Y todos nosotros, o más bien nuestros personajes, han sido espectadores, gladiadores o cadáveres en este circo, pues de esto se trata el juego: mostrarnos de alguna forma y esperar que los like y los RT caigan como laureles sobre nuestras cabezas, porque no nos miremos la suerte entre gitanos, de likes y retweets se alimenta el personaje, aún cuando la persona detrás de él necesite mucho más que eso.

Las RRSS podrían mostrarnos todas la verdades del mundo, pero nunca serán algo más que una foto de la realidad. No son la realidad. Por esta razón, si queremos seguir de pie en un escenario o en la arena, pensemos un momento y analicemos de qué forma nuestro personaje actuó o luchó y si fue para expresarse, para buscar justicia, para satisfacción personal o simplemente para hacer lo que muchos twiteros, políticos, cantantes y periodistas hacen: estirar la mano y decir su retweet es mi sueldo.




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