ESCLAVITUD ENCUBIERTA

PENSADOR DESDICHADO

Hemos visto en el último tiempo como se han multiplicado los casos de abuso de los empresarios y los políticos al ciudadano común. Todo ello a pesar de que muchos han sido descubiertos, investigados e incluso condenados, claro está, con sentencias convenientes para gente poderosa, tales como clases de ética, libertad condicional y pago de indemnizaciones irrisorias y hasta burlescas. Pero, ¿por qué en Chile ocurren estas cosas, considerando que en países desarrollados la ley se aplica de forma pareja? En este artículo busco dar un pequeño resumen histórico de la institución del latifundista y el inquilino, o como se le llamaría hoy, del empresariado y el consumista promedio de clase media que apenas le alcanza para sobrevivir, pero que igualmente gasta lo que no tiene, convirtiéndose esta relación en una Esclavitud Encubierta.

Como bien se sabe, existe en la naturaleza “razas” dominantes y sumisas. En el caso de la “raza” humana esto se hace más patente por nuestra condición de seres racionales, con la facilidad de algunos para poder manipular a su antojo a los “débiles” con artimañas y tretas, y quienes muchas veces las creen sin si quiera refutarlas. En los primeros tiempos el cazador y líder del clan era considerado el macho Alfa, aquel que con su capacidad de estrategia era capaz de expulsar a otros clanes de sus territorios, y de esta manera no tener ningún contrapeso para dominar a los que lo rodeaban. Obviamente esto generaba el premio de tener riqueza, lujos, mujeres y cuanto poder para tomar decisiones, incluida la de eliminar cualquier obstáculo que se le opusiera. (entiéndase eliminar a sus rivales)

Así nacieron los reyes, que bajo las creencias religiosas del clan afianzaban su poder, haciendo creer a la gente que eran elegidos por los dioses, usando las más increíbles argucias, historias, leyendas inventadas, o incluso la caída de un rayo sobre un árbol. Esto los mostraba como seres superiores, creando castas que en un principio fueron ganadas por mérito propio, pero que a medida que pasaba el tiempo, y los hijos de sus hijos heredaban estos títulos, se terminaron transformando en parásitos que destrozaban las arcas en jolgorios, bacanales y ociosidades varias.

Ahora bien, existían reyes grandes, y reyes minúsculos, que apenas gobernaban unos cuantos metros cuadrados, no más allá de un cerco de alambrado, pero que dentro de este terreno llegaron a ser los peores tiranos que la humanidad muchas veces no conoció. Un ejemplo es el caso actual presidente de Gasco, y su playita particular. Pero estos casos son menores comparados con los latifundistas de antaño, los “Futres” del siglo XIX, de la Colonia, o como pasaré a comentar, los Encomenderos de la Conquista.

La institución de la Encomienda nació con la llegada de Colón a América, utilizando a los indígenas como mano de obra para extraer oro, o bien para cultivar en sus propias tierras. Estos indígenas no podían abandonar sus pueblos, puesto que si lo hacían, sufrían las peores consecuencias. Pero gracias a las denuncias de Fray Bartolomé de las Casas esta esclavitud encubierta fue suavizada, aunque no suprimida, ya que si bien los indígenas quedaban sujetos directamente a la corona y su evangelización garantizada, siempre existía una artimaña legal que los terminaba desprotegiendo ante el abuso del conquistador. Hay dos antecedentes que provocaron su declive: la disminución sostenible de población nativa producto de las enfermedades traídas de Europa, los abusos y el mestizaje. Este último punto es decidor, ya que la mezcla de español con indígena no estaba sujeta a pertenecer a esta institución, por lo que los nativos comenzaron a contraer matrimonio con sus colonizadores para evitar que su descendencia continuara siendo explotada. En algunos lugares para fines del siglo XVII la Encomienda ya no existía, y en Chile fue suprimida por Ambrosio O’Higgins en la década de 1780.

El Inquilinato reemplazó a la Encomienda en la medida que los nativos desaparecían. Herederos de las costumbres de dos culturas, los inquilinos conformaron la identidad nacional de cada nación hispanoamericana, aunque como siempre, sujetos a las antojadizas restricciones y reglas de sus patrones, estos reyes que mencionaba en un comienzo. A ellos se les entregaba una pequeña porción de tierra para poder cultivar y sobrevivir, a cambio de trabajar los latifundios, algunos de extensiones inimaginables. Aquí nacen los capataces, los peones, los gañanes, las chinas, y cuanto pintoresco personaje que decoraban la vida de los campos, algunos con suerte, y otros simplemente a su suerte.

Esta también terminaba siendo una esclavitud encubierta, ya que a pesar de tener libertad de movimiento, los inquilinos estaban sujetos a las órdenes de sus patrones, y encadenados a las homilías de los párrocos, que amenazaban con el fuego eterno del infierno para quien quisiera rebelarse a esta institución, que incluía por lo tanto rebelarse también ante el Rey mayor, el de España. Para la época de la Independencia, los inquilinos no podían elegir para cual bando pelear, sino que en el bando que su patrón lucharía. La ignorancia en la que estaban sumidos los hacía dudar incluso de la razón por la que peleaban.

Mientras muchos fundos comenzaron a dividirse producto del fin del mayorazgo (heredaba el mayor de los hijos, al igual que los reyes), muchos inquilinos comenzaban a obtener cierto grado de educación que los hacía mirar un poco más allá del horizonte que veían. Ciertamente las riquezas mineras del Norte hacían soñar a esta gente del campo con un mejor vivir, y partieron en masa, para comenzar otro periodo de esclavitud, la de los capitales extranjeros en las oficinas salitreras. Viviendo en medio de un sol abrasador, explosiones no controladas y prohibición de salida de las oficinas, el abuso económico y de horario laboral generó la chispa para el ingreso de nuevos pensamientos políticos que prometían un futuro luminoso: el socialismo y anarquismo.

Y si bien estas ideas y movimientos eran de origen extranjero, su introducción se vio facilitada por el desencadenamiento de la Cuestión Social, la cara visible de la desigualdad propiciada por el abuso de una clase dirigente que gozaba de privilegios sin contrapeso (al igual que hoy). También comienza a surgir la clase media, los “siúticos” así llamados por la aristocracia, que eran familias derivadas de la burguesía y que poseían una cierta educación gracias a las Escuelas Normales creadas en la primera mitad del siglo XIX. Y esto provoca un resquebrajamiento del poder absoluto de estos reyes, al comenzar a asomar sus cabezas en la política, ocupando cargos cada vez más importantes.

Los golpes de estado de 1924/1925, 1931 y 1932 generan la irrupción final del socialismo como partido político, atrayendo gran cantidad de obreros, campesinos y clase media que no tenían cabida en los tradicionales partidos liberales y conservadores. Ni siquiera en el Partido Radical, integrado por un gran número de masones que descendían de la vieja aristocracia, se permitía abiertamente el ingreso de cualquier ciudadano.

La ideología socialista ya estructurada en partido político asume la conducción del país en 1938 con la llegada al poder de un Radical, Pedro Aguirre Cerda, en un conglomerado político que imitaba al famoso Frente Popular español, derrotado un año después por las fuerzas franquistas. Es en esta etapa, que realmente se comienza a generar el desarrollo industrial de Chile, la autosuficiencia a la que se debía llegar producto del desabastecimiento generado por la Segunda Guerra Mundial. La vieja aristocracia comienza una decadencia producto de su nula reconversión, al verse sus campos despoblados producto de la migración masiva hacia la capital. El caldo de cultivo para la polarización política estaba a la mano, ya que el viejo inquilino de fundo llegaba con expectativas que muchas veces no se veían cumplidas, y los movimientos de izquierda tomaban partido para profundizar su arraigo en las clases populares, lo cual, sumado al triunfo de la URSS sobre el Tercer Reich, generó un aumento de su militancia, ideologizando con lo que se conocería posteriormente como la Lucha de Clases.

Y llegamos a los turbulentos años 60, década rupturista en la que nace la contracultura, el quiebre definitivo entre los jóvenes y los mayores, el cambio en los estilos de vida que marcarán el devenir de la sociedad a futuro. Un cambio que radicalizará aun más las luchas sociales, llevadas a cabo por una juventud impetuosa, sedienta de igualdad, conocimiento y exploración. Es aquí cuando los partidos de izquierda tocan techo, gracias principalmente a la guerra fría entre EEUU y la URSS, la revolución cubana y las guerrillas que comienzan a surgir al alero de la figura de Ernesto Guevara. En Chile los partidos de centro comienzan a gestar la idea de la reforma agraria, proveniente de Estados Unidos para evitar el estallido revolucionario, repartiendo los Latifundios en pequeños propietarios (los propios inquilinos que los trabajaban). En un comienzo la idea prospera, con expropiaciones en las que se pagaban indemnizaciones, pero con la llegada al poder de la Unidad Popular, se intensifican, generando focos de violencia que solo dejan heridos en los dos bandos, y una brecha infranqueable hasta el día de hoy. Nacen movimientos obreros y sociales como IC y MAPU, y revolucionarios como el MIR, que imprimen aun más tensión al declarar que la única forma de llegar al poder será por la vía armada.

¿Y qué sucedía con estos “reyes” que mencionaba en un comienzo? Muchos claramente conspiraron para la caída del gobierno de izquierda, creando agrupaciones que pudieran contener a estos grupos armados. El caso más conocido fue Patria y Libertad, autodenominado Frente Nacionalista, que generaba atentados para culpar al gobierno de su ineficiencia y poco control político sobre el país. La vieja aristocracia igualmente sufrió la carga impositiva del programa de gobierno, al congelarse los precios, lo que no generaba utilidades a ninguna empresa. Y aquella que se atreviera a alzar la voz, era automáticamente expropiada y estatizada. Está de más mencionar que los sindicatos jugaron un rol ideologizante que movían a su gente a paralizar constantemente la producción, y llevarlas a las calles a enfrentarse con sus grupos opositores. Estados Unidos, siempre con los ojos puestos en los recursos naturales y mineros del país, puso la soga en el cuello a la economía chilena, llevándola al caos absoluto.

Mencionar que el golpe militar del 11 de Septiembre de 1973 solo descomprimió en algo a la economía ya es conocido. Hablar de que los comerciantes tenían escondidas las mercaderías en sus negocios era verdad, pero pensar que de un día para otro todo se arregló, eso el algo falso. La inflación bordeaba el 500% y la economía se encontraba en ruinas. Los malos manejos de uno y del otro derrumbaron y colocaron en oscuras al país, y había que revitalizar la inversión. Fue así como comienza a buscarse la fórmula para levantar la economía, y aparecen los conocidos Chicago Boys, jóvenes “Pijes” que arribaron a la Universidad de Chicago a fines de los años 50 para estudiar un nuevo modelo que endurecía aún más el juego económico del Liberalismo norteamericano. La Escuela de Friedman establece un control mucho menor del Estado en la conducta económica, el “laissez faire” es absoluto y apuesta a que cada ciudadano puede generar riqueza sin límites. Pero existe una condición que nunca se ha explicado, la sociedad debe dejar de culturizarse, debe dejar de ser feliz, y solo enfocarse en consumir y trabajar sin cesar, sin reclamar. En pocas palabras, volver a una nueva esclavitud.

Un nuevo paraíso económico se asomó entre los chilenos. Una nueva forma de obtener bienes de manera rápida y a crédito desencadenó un frenesí de consumo nunca antes visto en esta tierra acostumbrada a la escasez y al cuidado de lo que se poseía. Aparecía lo desechable, la comida rápida, los objetos atrayentes que todo el mundo quería tener pero que en la práctica no se necesitaban. Nacen los centros comerciales para proveer estos servicios, las financieras para obtener dinero rápido a unas tasas usureras, generando un nivel de endeudamiento nunca antes visto, pero que era tapado bajo la alfombra por el perjudicial arribismo nacido en esta época. Nacen las AFP, sistema de capitalización que reemplazó a las antiguas Cajas de Ahorro públicos y particulares, sin posibilidad de retractación en esta época de opresión social en la que estaba en juego hasta la vida misma. Obviamente los que detentaban el poder crearon sus propios sistemas de jubilación y previsión que les aseguraba un bienestar sin sobresaltos. Los antiguos reyes latifundistas ahora estaban emprendiendo en el mundo empresarial, sin control alguno, creando imperios económicos que a futuro serán la base de su poder político, por sobre la política tradicional. Al chileno promedio se le hace creer que vivimos en un país desarrollado, parecidos a los antiguos palacios aristocráticos del centro de Santiago: relucientes y altivos por fuera, pero burdos y lleno de problemas estructurales por dentro. Una economía que se expandía al 5 o 6%, pero que se basaba en el amarre perpetuo de los consumidores en deudas que solo crecían y crecían. Nos creíamos jaguares, pero la crisis asiática del 97 nos despertó del sueño. Y las sucesivas crisis nos han hecho ver como seguimos esclavizados a los patrones, que ya no están en una hacienda, sino en un edificio corporativo, contando sus abultadas ganancias sin ningún remordimiento, mientras la gente sólo se las ingenia para sobrevivir. ¿Y el estado, protector de los ciudadanos? Simplemente tapando con parches y eliminando cualquier intento de alzar la voz, democratizar o beneficiar DE VERDAD al ciudadano común. Eliminar la educación es su fin, siguiendo el marco pauteado por el nuevo Latifundista, para que sólo produzcan y consuman, y no tengamos tiempo de pensar ni de ser personas libres y felices.

Los reyes de ayer y los de hoy siguen el mismo comportamiento, intentar subyugar a sus súbditos con pesados impuestos y aplacar cualquier intento de rebelión. Sociópatas que al no poseer ningún tipo de remordimiento son capaces de traicionar a su par más cercano, sin importarle sus propias consecuencias. Estos son los que nos esclavizan, los que se aprovechan de la ignorancia de muchos para engrandecerse. Los que hemos tenido el privilegio de poseer un mayor grado de decencia podemos quedarnos con la conciencia tranquila por no formar parte de esta ralea, pero eso sí, ya no seremos sus corderitos eternamente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s